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viernes, 26 de agosto de 2011

Como decía mi abuela: Viejos… son los trapos (2 de 2)


El mayor reto de un anciano es poder enfrentar la pérdida de control que llega con la vejez: sus cambios físicos, la jubilación, que afecta su estándar de vida; las enfermedades que además de la dolencia en sí misma, ocasiona muchos síntomas que se traducen en estrés, como por ejemplo, si no se tiene un seguro de salud adecuado; la angustia y el dolor que causa el luto por la muerte de amigos o familiares cercanos, etc. Cada uno de estos cambios significa perder algo y también presupone un proceso de ajuste que establecerá el sentimiento de bienestar o de descontento respecto a su vida.
 
Hay una realidad establecida y es que cuanto más activa permanezca una persona mayor, mejor envejecerá. Lemon, Bengtson y Peterson, los primeros investigadores que en 1972, expusieron cuidadosamente una tesis metódica de la teoría de la actividad del envejecimiento. Según indican en su trabajo, "existen 3 tipos de actividades: interacción social: con familiares, amistades y vecinos; formal: participación en organizaciones voluntarias; solitaria: leer, ver televisión y mantener algunos pasatiempos". 

Una de las primeras necesidades de todo ser humano es la de sentirse aceptado, querido, acogido, útil y capaz, reconocido, digno, perteneciente a algo y a alguien, todos ellos, sentimientos en los que se basa la autoestima. Por lo tanto no puede haber autoestima en el individuo si éste percibe que los demás prescinden de él. 

A la persona mayor que el sistema le fuerza a retirarse, aunque sea con un buen plan de incentivos, le baja terriblemente la autoestima porque se siente rechazado e inservible; mientras él todavía siente "que puede" porque se siente bien, saludable y con ganas de producir. Lo que afecta grandemente su autoestima es que sabe positivamente que su lugar va a ser ocupado por una persona mucho más joven que él que posiblemente no tiene ninguna experiencia, que acaba de salir de la universidad y a la que él tendría mucho que enseñarle si el sistema se lo permitiera.

Ser anciano en nuestros tiempos es degradante porque la influencia de los medios de comunicación no ayuda al anunciar masivamente la alabanza a un cuerpo joven, perfecto y estilizado; muy lejos de lo que puedan ser canas, arrugas y los defectos de la figura de un anciano. Adicional a esto, se ha sumando la división de la familia en donde los abuelos, quienes en algunos casos hasta convivían con sus nietos y sus hijos, ahora están en las "casas de cuidado". Esos abuelos estaban estimulados afectiva e intelectualmente y no les importaba haberse jubilado, ya que funcionaban como maestros y no sólo disfrutaban de sus nietos sino que participaban activamente en la crianza brindando apoyo con su experiencia. Aunque no vivieran juntos aportaban a la vida de sus nietos porque no estaban ahí para disciplinar si no para escuchar, para ser compinche y para gozar de las ocurrencias de los pequeños. Se de abuelos que iban a jugar a las cartas (barajas) y luego le regalaban ese dinerito a sus nietos, también abuelos que preparaban sándwiches y llevaban los nietos a tomar helados, al cine y al parque.

Como dato curioso en China el sistema comunista está hecho para que los ancianos que se retiren de su cargo lo hereden a su hijo, si no se entendió bien, lo refraseo nuevamente. Este señor que trabaja para el estado, se retira y le deja su puesto a su hijo. Es deber del hijo entonces es mantener a sus padres y el de estos abuelos cuidar a sus nietos. Para nuestra sociedad occidental el paquete se ve ridículo porque no permite al anciano disfrutar de su retiro y probablemente llegado el caso ninguno de nosotros aceptaría la situación, pero este ejemplo demuestra cómo los viejos están integrados a la sociedad y pasan a hacer otro trabajo que los mantiene plenamente ocupados formando parte de la vida de su familia. (No es un trabajo para mi, así que por si acaso a mis hijos: No estamos en la China, ok?)

No importa las leyes que se promulguen, porque ya hay muchas de ellas escritas en papel y en la práctica seguimos igual a como veníamos. Lo que importa es generar conciencia en la juventud y para lograrlo se debería reeducar no solo a la población sino que las campañas deberían empezar desde que el niño comienza la escuela. 

Esos mismos relacionistas públicos que lanzan campañas de publicidad con caras llenas de Botox y cuerpos a los que el bisturí los muestra esculturales, deberían dedicarle un poco de ese espacio a las personas mayores. Al fin y al cabo el anciano también consume un montón de productos y verlos en la televisión, en la prensa y escucharlos por la radio ayudaría muchísimo a cambiar las actitudes de la próxima generación.

La intervención debería hacerse también a través del gobierno, facilitando programas que ayuden a la persona mayor a adaptase a los cambios, que los oriente y que los eduque. Ahora mismo en Israel y en Estados Unidos existen programas sociales que reúnen a niños y jóvenes con ancianos, logrando que los mayores se sientan útiles haciendo un trabajo voluntario que los llena de satisfacción y les permite estar acompañados, y a los jóvenes le ayudan a aprender que un anciano los puede ayudar con su experiencia y afecto. También en Israel se ha implementado un programa de empleo dirigido a los ancianos en donde pueden hacer uso de habilidades manuales de fácil y rápido aprendizaje por su poca complejidad. En Estados Unidos y en Puerto Rico existe la AARP, (American Association for Retired People) la organización más grande en su tipo para personas de 50 años o más, que aporta muchísimo a la "segunda, tercera y cuarta juventud". Esta asociación por un pago mensual de 16 dolares al año posee desde representantes en el congreso que abogan por los intereses importantes para los viejos, como planes complementarios de salud y seguros de vida. Ofrecn trabajos voluntarios durante el retiro, ayuda para buscar trabajo remunerado después de los cincuenta o para personas retiradas, programas de mejoramiento, clínicas de salud y hasta descuento para viajes y farmacia entre otros.

Volviendo a la historia de Doña Merci, ella ha sido maltratada emocionalmente y su familia ha sido negligente porque no se ha ocupado de que se alimente, de su aseo personal, de llevarla al médico cuando no se sentía bien y de hacerle tomar sus medicinas. Lo peor de todo es que no la respetaron y fueron completamente indiferentes a su situación. Su hija más cercana desde su vaho de alcohol era la encargada de cambiar y administrar el cheque de su pensión sólo que la anciana nunca veía el dinero. La viejita se fue deteriorando tanto que con el paso del tiempo ya no se la veía en la playa; un día amaneció y ya no despertó. Había muerto como había vivido sus últimos años en la soledad y el abandono, sin familia aunque rodeada por ella. Después del funeral los parientes ocuparon inmediatamente la vivienda de la fallecida, parecían buitres rondando con sus alas a la muerte. La vivienda se limpió, se pintó y se arregló como durante años no se había visto. Luego se compraron muebles nuevos y su nieta, la del grillete, se mudó. Nunca se supo a que arreglo llegaron los deudos pero posiblemente la historia se repita, quién sabe, sigue viviendo una hija al lado de la casa de su madre… y el tiempo para la cosecha llegará pronto.

Todos vamos a llegar a viejos y todos, antes o después, vamos a morir. Como seres humanos, no importa la edad que tengamos, necesitamos sentirnos productivos, considerados y apreciados, por lo tanto deberíamos respetar a las personas mayores y ser más comprensivos con la vejez porque llegar a viejo significa que se ha vivido una vida cargada de experiencias. Ser viejo no es una ofensa y todo anciano debería poder vivir con la dignidad que se merece. Ser una persona mayor, significa poder mirar hacia atrás y acordarse de las alegrías, de los errores, de los desengaños que se pelearon con la vida, pero lo más importante es que antes de que llegue la muerte se pueda transmitir un legado a la próxima generación.

Como individuo, lamento mucho la diferencia generacional que había con mis propios abuelos y el no haber tenido durante mi adolescencia la motivación y la curiosidad para haberles preguntado de su vida, qué hicieron, cómo fueron sus experiencias, quiénes fueron sus padres, cómo se llevaban con sus hermanos, a qué y con qué jugaban en aquella época y a qué se dedicaron en su juventud, etc. Muchas cosas se me ocurren ahora pero el tiempo ya pasó y la oportunidad se perdió, sólo quedan en mi memoria algunos retazos de su vida que no puedo hilvanar por completo.
A los que todavía no estamos en esa etapa les pido que seamos más abiertos, que apreciemos todo lo que los ancianos nos pueden brindar con sus conocimientos sin mirarlos por encima del hombro ya que un anciano siempre tendrá ideas o experiencias que aportar a su familia y a la sociedad. Lo que le queda de vida a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros mayores, debería ser para ellos un tiempo de tranquilidad, de sosiego y de calma; aprendiendo más cada día, viendo la vida con otra perspectiva y con la mejor calidad de vida posible, pero por sobre todo con todo nuestro afecto y apoyo incondicional. Enseñemos a nuestros hijos con nuestro ejemplo, no olviden que lo que ellos vean ahora será de la misma manera cómo nos trataran a nosotros. 

Para terminar quisiera decirles a mis "seguidores mayores" o tal vez prefieran mis "seguidores ancianos"… (sí, estoy consciente y sé para dónde me quieren mandar…) que la vejez no es un tiempo para detenerse, es solamente una transición a otra de las etapas naturales de nuestra existencia. Tomen el timón de su vida, no se dejen llevar por delante, infórmense, adquieran compromisos, hagan actividades que les gusten, aprendan sobre temas nuevos; sean los protagonistas de su propia vida. No se compadezcan de sí mismos, no hablen de los achaques a menos que sea con el médico y tomen una actitud positiva tratando de integrarse a la comunidad haciendo algún trabajo voluntario, participando en programas de ejercicios, o reuniéndose con "los chicos" o "las chicas" a tomarse un café. Disfruten, gocen y no permitan que nadie les quite la esperanza, sólo acepten su vejez para que la puedan vivir plenamente todos los años que les quedan por venir. No desperdicien esta etapa, miren cada día como un regalo y vívanlo al máximo, cosechen todo lo bueno que sembraron y recuerden lo que decía mi abuela: Viejos… son los trapos3. ¡Hasta la próxima! ¡Japi Bloguin!

1 Caserío es el nombre que se les da en Puerto Rico a un grupo de edificios de vivienda pública a bajo costo, pagadas por fondos del gobierno federal. Los apartamentos tienen facilidades de uno a seis habitaciones, cocina y comedor, uno o dos baños completos y enseres como estufas (cocinas) y neveras (heladeras); son asignados de acuerdo al tamaño de la familia. También incluyen un subsidio para gastos de agua, electricidad y teléfono, 150 minutos de celular por mes, internet y cable tv. El que cualifique para estas viviendas tiene derecho al programa del Pan, una tarjeta tipo ATH que deposita en una cuenta de banco los fondos para comida y también algo de efectivo. También las mujeres embarazadas tienen derecho al Plan WIC que brinda visitas medicas para la embarazada, análisis y sonogramas, hospital y "nursery" para el bebé además de comidas y vitaminas para el cuidado de la madre durante el embarazo y luego seis meses de leche y alimentos para el bebé con la posible renovación a un año de los beneficios. Caserio posiblemente derive su nombre de "grupo de casas". Sin embargo, aunque parezca un paraíso no es fácil la convivencia dentro de un caserío. Como en todos lados hay gente muy buena y decente pero también existe la coexistencia con el trasiego de drogas lo que implica violencia y niños que se crían en ese entorno a quiénes les parece algo muy normal los tiroteos y las muertes ya que es lo único que han visto en sus cortas vidas.


Piragüero y su carrito.
2 El oficio de piragüero es muy pintoresco en Puerto Rico. Las personas que hayan tenido la oportunidad de pasear por el Viejo San Juan deben haber visto unos cuantos a su paso. La piragua es un raspado de hielo al cual se le vierten jarabes de distintos sabores, a gusto del consumidor. En algunos países de Latinoamérica es conocida también, como "conito de nieve". El piragüero tiene un carrito de madera en donde apoya un gran bloque de hielo. El hombre se inclina y raspa el hielo de arriba hacia abajo con una máquina de afeitar metal y acomoda las virutas de hielo hasta que forma un cono de hielo que sobresale al conito de papel, donde lo sirve. Hecho esto, uno escoge el sabor de jarabe que desea y el piragüero lo vierte generosamente el hielo hasta que llega al borde del conito y lo completa con un sorbeto o pajita. Los jarabes están almacenados en los laterales del carrito y son muy dulces y espesos. Algunos sabores son: piña, tamarindo, coco, frambuesa, mantecado, limón, coco con frambuesa, etc.

3 El título de esta historia es real. En honor a mi abuela Rebeca que tanto me dio sin yo saberlo.
Referencias:
http://www.amapsi.org/portal/index.php?Itemid=110&id=103&option=com_content&task=view
Frankl V., "El Hombre en Busca de Sentido". Editorial Herder, Barcelona, España 1999 p p36
http://www.ncsu.edu/ffci/publications/1996/v1-n3-1996-summer/successful-aging.php
Lemon, Bengstom y Peterson, "Successful Aging: What does the "good life" look like? Vol. 1. No. 3. Summer 1996.
Si desean leer más sobre este tema les recomiendo este enlace:
http://www.vejezyvida.com/category/saber-envejecer/

Emergencias para abuso de personas mayores:
Línea Directa para Situaciones de Maltrato del Departamento de la Familia 
787-749-1333 (Área Metro) o al 1-800-981-1333 (libre de cargos).
Oficina de la Procuradora para Personas de Edad Avanzada, al 787-721-6121.

viernes, 19 de agosto de 2011

Como decía mi abuela: Viejos… son los trapos (1 de 2)

Dicen que frente al mar la vida es más sabrosa, sin embargo la gente que vivía cerca de la playa para los 1900 no debe haber opinado igual, ya que en las zonas costeras vivían personas sumamente  pobres que subsistían de la pesca y apenas si les alcanzaba para comer. El mar les proveía su fruto de una manera muy sacrificada, a veces costándoles hasta la propia vida.

Eran familias numerosas por el machismo de los hombres y la ignorancia de las mujeres.  Si la señora de la casa decidía dejar a su marido por otro o si el marido enviudaba, a la que le tocaba hacerse cargo “del hogar” y de sus hermanitos era a la hija mayor.  Eran tan pobres que a veces tenían una sola pieza de ropa interior por persona y había que lavarla todos los días. Es por eso, que las chicas se casaban muy jóvenes con tal de salir de la casa de su padre y sin saberlo entraban al infierno de la “suya propia” porque inmediatamente quedaban embarazadas y se volvía a repetir el ciclo.  Si tenían suerte habían ido unos años a la escuela pero las mayoría era analfabeta.

Pasaron muchos años hasta que la situación fue cambiando. El gobierno de Estados Unidos para bien o para mal; de “esa historia” se pueden hacer varios artículos, introdujo los llamados “caseríos”1 para proveer viviendas y asistencia social a los más necesitados. Las casitas de la playa, que en realidad eran unas cuantas maderas destartaladas unidas con clavos, hamacas por camas y una letrina, desaparecieron dejando terrenos que nadie quería. Esos terrenos se compraban por monedas y después de muchos años, desarrolladores compraron las fincas y fueron quitando espacio a la costa para edificar villas de playa para el disfrute de las personas que podían adquirirlos y así gozar de la sabrosura del mar, del sol y la arena; o había también los que compraban como por invertir y le sacaban dinero alquilándoselo a los turistas.  Sin embargo, en los pueblos costeros lejanos a la capital todavía quedan en frente de esas edificaciones nuevas, personas humildes que no se fueron de esas áreas porque el gobierno les regaló los terrenos que originalmente habían invadido y los siguieron heredando de padres a hijos. Los padres de Doña Merci (diminutivo de Mercedes) fueron unas de esas muchas personas.


Doña Merci era una señora muy viejita, su vista ya estaba opacada por las cataratas dándole un color azul a sus ojos que en otra época habían sido oscuros y ya no era mucho lo que veían.  Su cara era un pergamino antiguo maltratado por el agua, la sal, el sol, las necesidades y daban fe del tiempo vivido. El pelo desarreglado y canoso, las chanclas inmundas y un cuerpo agotado por la incomprensión de los demás, Doña Merci vivió toda su vida cerquita de la villa pesquera de su pueblo ya que su padre era pescador, gente muy pobre pero decente y de palabra, que se levantaba todas las madrugadas para cumplir con su faena diaria. Su vivienda era una pequeña casita de madera que con los años mejoró muchísimo porque de tener que salir afuera a la letrina pasó a tener un baño de verdad con agua corriente y electricidad.  La casa realmente era vieja porque Doña Merci ya tenía 87 años y había nacido allí. Con los años, la casa sobrevivió a varios huracanes por lo que era común que una vez pasada la tormenta había que reemplazar su techo de zinc, cambiar las paredes de madera y algunos anclajes. Todos los trabajos los hacía su padre junto a sus hermanos, los vecinos y la ayuda económica del gobierno.  Era la época en que los vecinos se ayudaban unos a otros, compartían la comida y eran una gran familia con sentido de comunidad. La vida en aquel entonces no era un cuento de hadas y aunque la casita nunca iba a ser un palacio y seguiría siendo una vivienda humilde, era un hogar digno. 

Doña Merci no tenía el mejor de los estados mentales y desde que su esposo falleció su juicio comenzó a deteriorarse, no recordaba muy bien lo que le decían y cada vez más se la pasaba dentro de su propio mundo. Ya no tenía por quién vivir y aunque su matrimonio no fue el mejor, su esposo no había sido precisamente un santo y para decir la verdad, ella tampoco; cuando él vivía tenía a quien gritarle mientras él le respondía gruñendo y aunque no hablaban mucho se hacían compañía el uno al otro. Después de 66 años juntos, él se enfermó y ella dedicó todo su tiempo a cuidarlo hasta que el final llegó y él falleció. 



Luego vino un estrés mayor. Después del funeral todos los hijos se reunieron y comenzaron el escándalo sobre la herencia, para ese entonces su mente permanecía lúcida y era consciente que para sus hijos su pena no tenía ningún valor.  La herencia era la mitad de la casita de Doña Merci y les correspondía por ley. Uno quería venderla, las otras dos querían que su madre siguiera viviendo allí y ella aunque presente y empapada en su dolor, no tenía ni voz ni voto sobre un asunto tan trascendental para su vida futura. Finalmente, cuando su hijo vio que no le iba a poder sacar mucho dinero a la casa ni siquiera por el terreno y que alguien se iba tener que hacer cargo de “la vieja” cedió, mayormente por la influencia de su esposa, porque nadie se quería complicar mucho la vida, sobre todo su nuera, no fuera a ser que “el paquetito” le tocara a ella. Para Doña Merci fue un gran alivio porque no se quería ir de su casa, todavía podía manejarse por sí sola y no necesitaba mayores ayudas para ser independiente.

Una de sus hijas, Albertina, vivía en la casa de al lado con su propia familia.  Su yerno era “piragüero”2.  Aunque algunos piragüeros trabajan a tiempo completo, este piragüero, no lo hacía. Por lo general bajaba su carrito hasta la playa durante los fines de semana, cuando había mucha gente y trabajaba unas horas en la mañana y algunas en la tarde. Luego complementaba ese trabajo con el dinero que le daba el gobierno y por qué no con parte de los beneficios que la Tarjeta de la Familia le aportaba a su suegra.  Al fin y al cabo “la vieja” comía en su casa y era justo que contribuyera con algo.

Sus nietos decidieron ir por el camino equivocado, para este momento los dos ya eran adultos. La nieta pagaba el delito cometido con años de cárcel, saliendo en libertad condicional gracias a un grillete electrónico y a que su madre aceptó hacerse cargo de su custodia. El nieto, que por mucho tiempo se dedicaba a la reparación de motoras en la misma calle, tenía otros negocitos turbios por el lado y como por arte de magia un día desapareció y no se supo nada más de él. Su hija, Albertina, la que se suponía que estuviera a cargo de la supervisión de Doña Merci y ahora también de su propia hija, la del grillete; era ama de casa pero no se dedicaba mucho a esos menesteres ya que le gustaba la bebida y era muy común verla durante el fin de semana bailando en las fiestas de la villa con completos desconocidos, “Es que el inútil de mi marido ya no se acuerda de cómo bailar y yo quiero divertirme…”, decía ella. Cuando estaba pasando por un periodo “seco”, lo único que hacía era gritarles a todos por igual con lagartijos, sapos y culebras que salían despavoridos por su “boquita de fresa”. Doña Merci era la primera receptora de sus insultos y por eso también trataba de permanecer alejada, no fuera que la llevaran al asilo y perdiera su triste libertad. En realidad eso no iba a pasar porque un asilo costaba y no iban a gastar en eso, si podían disfrutar de su dinero. Por otro lado los asilos del gobierno tenían lista de espera así que iba a ser un poco difícil recluirla y de todas maneras se hubiera acabado el “dinerito” extra.

Doña Merci, vivía en su casita y a pesar de estar rodeada de sus familiares su única compañera era la soledad.  En una época solía ver la novela en la televisión pero el aparato era viejo y ya no servía. De todas maneras sus ojos no ayudaban mucho y su mente tampoco, todavía podía moverse y caminar pero era muy difícil vivir una vida en la que lo único que sobraba era el tiempo.  Sus antiguas vecinas que también habían sido parte de su entorno, se habían mudado con sus hijos, fueron a parar a una casa de cuido o habían muerto. Muchas veces, deambulaba por la playa con la misma bata mugrienta que debió haber usado por meses para pedirle dinero a los extranjeros que frecuentaban el lugar.  Siempre, durante los fines de semana la villa se llenaba de gente y se ponía muy animada porque venían motoristas desde todas partes con sus uniformes de cuero y cascos de todos colores haciendo sonar sus motores mientras bajaban por la única calle del pueblo que se dirigía a la playa. Todos los kioscos abrían para vender cervezas, pescado y frituras y los bañistas llegaban a granel. Había música en vivo y alguna gente bailaba al son del merengue, la salsa y la bachata, mientras otros se aglomeraban para mirar. Por las calles era difícil caminar entre tantos autos y peatones.  También estaba el recién inaugurado camino lineal justo al lado de la playa, para caminar, correr y andar en bicicleta, que atraía muchísima gente y si no se tenía una bicicleta, se podía alquilar una por un precio módico. Doña Merci adoraba la multitud, su depresión se sacudía un poco, porque sabía que iba a tener un día pleno y siempre encontraba a alguien que por lástima le donara algunas monedas o le regalara una empanadilla de pizza y un refresco. La gente del pueblo que también frecuentaba el lugar la conocía pero pensaban que estaba media loca así que no le hablaban y a ella le era indiferente, se distraía oliendo el aliento salado del mar, hablando para sí misma y cuando se ponía el sol volvía a su casita, cansada y en mejores espíritus de los que se había ido. Lo mejor de todo era que había llenado su día y ya faltaba uno menos por esperar…

Doña Merci tenía tres hijos, uno viviendo en Estados Unidos y otra viviendo no tan lejos de su pueblo.  Quien más la visitaba era esa hija, posiblemente porque venía a ver a su hermana, sin embargo nunca hacía ningún ademán de sacarla a pasear, limpiarle la casa o hacer algo positivo para que su madre tuviera un día alegre o viviera un poquito mejor.  El que vivía en Estados Unidos solía mandar algún dinerito pero cuando ella habría el sobre lo único que encontraba era un cheque envuelto en un papel blanco. Ni una nota, ni un saludo cariñoso: “Hola mami, ¿cómo estás?” Lo mandaba para satisfacer a su propia conciencia de que colaboraba con algo para que su madre “viviera mejor”. De todas maneras el cheque pasaba de su buzón a las manos de Albertina porque había que cambiarlo. Albertina, pelo corto, pintado de colorado casi fosforescente; rechoncha, vistiendo ropa de algodón apretada al cuerpo para que la celulitis no dejara de verse y con sus ojitos brillosos de codicia, era quien “administraba” todo el dinero de la anciana a su conveniencia. Quién sabe cuántos litros de licor saldrían de esos billetes.

Me pregunto qué ha pasado con nuestra sociedad que ya no respeta a nuestros mayores, les permite pasar hambre, no los cuida ni los respeta. La gente espera que de una buena vez “el viejo” se muera así no molesta más o lo deja en un asilo a su propia suerte olvidándose que todavía son seres humanos, que tienen sentimientos y que sin ellos no estarían hoy en el mundo.  ¿Qué pasó con aquello de “honrarás a tu padre y a tu madre”? ¿En qué momento aprendimos que el abuelo o el padre por ser viejos no tenían ninguna valía?

La vejez es un proceso fisiológico normal dentro de la vida de todos los seres humanos; incluye tanto cambios en el aspecto físico, como así también en el campo psicológico y social.

Hay ancianos que dentro de todos los males tienen la “suerte” de que sus genes fueron de muy buena calidad y todavía están bien física, emocional e intelectualmente, pero para los que no lo están la situación no es tan sencilla.  Muchos de ellos han trabajado duramente toda su vida y la jubilación no les alcanza para vivir. Si deciden retirarse porque tienen el derecho debido a los años que llevaron trabajando pero no cumplieron con la edad requerida para tener el seguro médico del estado, quedan desamparados porque al dejar de ser empleado el seguro médico privado que tenían deja de cubrirlos y si quiere seguir manteniendo la misma póliza es a un costo exorbitante. Lamentablemente, en la mayoría de los casos los achaques comienzan cuando uno se hace viejo, así que cuanto más necesita de la sociedad después de haber pasado toda la vida trabajando, es cuando recibe menos ayuda. El anciano por lo general toma más de una medicina para condiciones crónicas, toda la jubilación se le va en medicamentos, el dinero no le alcanza para alimentarse como debiera y ésto se traduce en malnutrición. Sumado a eso la persona mayor tiene que lidiar con una vivienda que a lo mejor no es la más adecuada para su edad y sus padecimientos. Como su casa es inadecuada a sus necesidades físicas puede sufrir accidentes que lo dejen discapacitado y dependiendo de sus parientes cercanos a los que tampoco les hace mucha gracia tener “un problema más”. Si tienen suficiente dinero “lo depositan” en una casa para cuidado de envejecientes. A las personas de la “Tercera Edad” (al prolongarse la media de vida ahora hay una “cuarta edad”) muchas veces le adjudican nombres románticos como que el anciano pertenece a “la edad dorada”, o que está en “plenitud”, es un “Adulto Mayor” o un “envejeciente” como si la palabra “anciano”, sumamente respetada en el pasado, fuera un insulto. 

Para un anciano es muy común entrar a un negocio, y que algún vendedor en un local, o un mozo en una cafetería, pregunte de manera despectiva “¿Qué quiere “abuelo”?, sin tener ningún parentesco; ese trato se debe a la imagen negativa que se tiene de la vejez que no está asociada a las capacidades reales de las personas mayores. Yo le contestaría, “Ya que somos familia, dame un café ‘nieto”. Lo mejor es seguirles el juego porque no lo esperan, creo que las personas jóvenes que tienen esa actitud y se regodean de la manera en la que el anciano va a responder. ¡Nunca se dejen humillar!

Muchos de los que viven en casa de sus hijos son maltratados y robados de su jubilación y otros a los que dejan en “casas de cuidados”, son abusados a golpes, violados y por estar en una condición tan frágil ni siquiera pueden defenderse.  Como el miedo a hablar y que no le crean es muy grande y la angustia de no saber cuáles podrían ser las consecuencias para su vida, se quedan calladitos y reciben conscientemente un castigo que no se merecen en vez de denunciarlo.


No hay ningún tipo de programa que ayude a los ancianos a participar, ni que los integre a la sociedad como personas independientes para que puedan tener una buena calidad de vida. Una persona de 65 años o más todavía puede llevar una vida productiva sin necesidad de molestar a nadie, pero las condiciones no están dadas para que haya un buen sistema de transportación pública que facilite sus visitas a médicos, a hacer compras, a la farmacia, etc.

En las calles, los conductores tampoco tienen mucha paciencia cuando manejan atrás de una persona de edad avanzada y no se dan cuenta de que ellos también van a envejecer. El anciano que conduce se siente inseguro porque es consciente que ya no tiene los mismos reflejos que tenía antes. El maneja a la defensiva y los demás le gritan y lo agravian sin necesidad. Sin embargo, en este país no hay muchas opciones para el viejo: o maneja su auto, o se queda en su casa, o gasta un dineral que no tiene en taxi, o pide el favor a alguien que se compadezca y lo lleve, lo espere y lo traiga. Ahora hay unos servicios privados que hacen ese trabajo, pero tienen un costo.

En su gran mayoría la sociedad estigmatiza y deniega los derechos que las personas mayores tienen.  Además de eso, el perfil público de los viejos es contrario a la imagen que ellos tienen sobre sí mismos. Simplemente no es como “uno se ve” sino cómo “los demás lo ven a uno”. 

A pesar de resistirnos, con el paso de los años todos vamos a ser viejos a menos que la muerte nos lleve antes.  Lo curioso es que esa imagen negativa que se tiene hacia los viejos, muchas veces las tienen ellos mismos en contra sus propios camaradas. Una viejita que le comenta a su hija sobre su consuegra y comienza la oración con: “Esa vieja…” es algo muy común, sin embargo entre ella y “la vieja esa” sólo se llevan un año. Para las personas mayores, los viejos son los “otros” y no tienen conciencia de que ellos también lo son y aunque crean que lo saben, para su mente es difícil aceptarlo porque no sienten la edad cronológica que tienen, sino la edad interior a través de la lucidez de su mente.  

A nadie le gusta la idea de mirarse en el espejo y descubrir que la vejez ya llegó.  Paulatinamente van apareciendo canas y arrugas; grasa donde antes había músculo y musculatura que ya no es dura como era antes. Esto va acompañado con temperamentos que no son estables, posturas inamovibles, desasosiego, impaciencia, miedos y la actitud de incomodarse por tonterías que antes no le hubieran preocupado. La pérdida reflejada en el espejo es vivida con dolor porque en nuestra sociedad hay una sobrevaloración de la juventud y sentirse viejo viene acompañado de todo tipo de estereotipos negativos respecto a los ancianos, para muchos es mejor pensar que están jóvenes.

Al ir viajando por las distintas etapas donde nos lleva la vida, vamos modificando nuestros intereses o los intercambiamos por otros.  Cuando se llega a la vejez es difícil adaptarse a esos cambios que antes nos parecían tan naturales. Siendo el anciano socialmente marginado es difícil adecuarse a los variaciones porque las motivaciones y los refuerzos positivos de la sociedad (ahora ya no se tienen jefes ni compañeros de trabajo que los animen) son inexistentes. Los motivadores en este caso deberían ser los familiares más cercanos como los hijos, los nietos y una buena red de amigos que amortigüe la transición hacia otros tipos de actividades en las que haya que reaprender lo aprendido de otra manera. El anciano pierde la facilidad de adaptarse y se le hace difícil adquirir hábitos nuevos, por ejemplo, si toda su vida envió los pagos de cuentas por correo o fue a cada una de las empresas de servicios públicos a hacer fila para pagarlos, indudablemente que se le va a hacer muy difícil realizar esas gestiones sentado cómodamente en su casa y a través de Internet, porque además que no le gusta el cambio desconfía de todos los medios que sean nuevos y que a él le cuesta usar, por supuesto existen excepciones.

El anciano piensa que todo tiempo pasado fue mejor, pero ese tiempo ya pasó y lo mejor sería que tratara de adaptarse a este tiempo que es por el que está atravesando hoy. De esta manera en vez de ser una persona divertida que está al tanto de los cambios y acepta que el mundo a su alrededor es dinámico y seguirá cambiando aunque a él no le agrade, se convierte en una persona con posturas rígidas, aferrada únicamente a su experiencias y produce el efecto contrario: la sociedad lo rechaza y él siente que nadie lo valora.

En la sociedad occidental, el éxito está determinado por el apetito hacia los desafíos, la garra, la eficacia, el atrevimiento, la competencia, las aspiraciones, el seducir y ser seducido.  Estas características pertenecen a un sujeto joven y van adosadas a un cuerpo joven.  Cuando la persona mayor cree tener todas estas cualidades y no dudo que las tenga, pero éstas permanecen escondidas detrás de la fachada exterior que lamentablemente pertenece a un cuerpo viejo, se siente confuso y discriminado.
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